7.4.07

Helenismo y Edad Media

En el siglo III se encuentra Plotino, quien en sus Eneadas reinterpreta y modifica algunas ideas de Platón: la belleza no es sólo ver y oír, sino también saber y actuar virtuosamente. Se exalta la unidad en la belleza, por lo que se rechaza el pitagorismo, que supone pluralidad de partes que, individualmente, podrían ser feas. La belleza está, además, por encima de lo bueno, y el arte, contrariamente a Platón, es superior a la naturaleza[1].

Del Pseudo-Longino en su De sublime (siglo I ó III) se destacan tres ideas: primera, que «el efecto del genio no es persuadir a los oyentes, sino más bien arrebatarles sacándoles de ellos mismos[2]». Segunda, que el genio no es innato y sí procede de la enseñanza: «necesita tanto el freno como la espuela». Y tercera, que los poetas tienen una tendencia a la exageración fabulosa, trascendiendo lo creíble[3].

El Cristianismo primitivo heredó muchas ideas platónicas. Afirma Valverde que el hecho de que «Dios se encarnara en un hombre determinado significaba una redención de todo lo visible, lo concreto y lo individual», por lo que adquiere hegemonía un espiritualismo que desvaloriza lo sensible y palpable[4]. Más tarde, san Agustín (ss. IV-V) introduce el concepto de la temporalidad en lo estético, afirmando que el tiempo no es lo físico, sino aquello que vivo y recuerdo: «Yo soy quien recuerda». Para san Agustín la fealdad es metáfora del mal, necesario para que resalte más el bien[3]. De aquí su cita: «La belleza del mundo está compuesta de la oposición de los contrarios[4]».

En la Edad Media[5] se pasó del predominio del platonismo al de Aristóteles. Destaca santo Tomás, quien retocó la idea de mímesis, ya no vista como mera imitación artística, copia de objetos (según Platón), sino «como imitación del proceso mismo de la creación natural. El arte imita a la Naturaleza no copiando sus cosas, sino siguiendo su ejemplo[6]». Hoy día entendemos que «la creación artística siempre tiene algo de ruptura y novedad radical», conteniéndose en el concepto de ars tanto una escultura como un simple cuchillo. Para santo Tomás, los tres requisitos de la belleza son: integridad o perfección, la proporción debida o consonancia, y la claridad. Por último, es clave esta afirmación: «El bien del arte no se considera en el mismo artífice, sino en lo mismo artificiado [...]. Para el arte no se requiere que el artífice obre bien, sino que haga bien la obra[7]».



[1] Es interesante incluir aquí un fragmente íntegro de sus textos (p. 58): «Imaginemos dos bloques de piedra, uno en bruto y sin desbastar, el otro trabajado ya por el arte, y convertido en estatua [...]. La piedra trabajada por el arte parecerá hermosa, pero no por ser piedra, porque entonces cualquier otro pedazo de mármol tendría igual virtud. Esa forma hermosa no la tenía la piedra, sino que estaba en el artífice antes de pasar al mármol. Y no pasa entera, sino que continúa en la mente del artífice, y en el mármol no resulta pura, ni tal como la imaginaba el artífice, sino en cuanto la materia ha obedecido al arte».

[3] El arte sería, pues, una suerte de narcótico, un enajenador, lo que estaría muy lejos del arte como compromiso.

[3] ¿Puede el arte ser creíble? O, lo que es más interesante, ¿debe serlo?

[4] Se cita aquí (p. 50) a san Justino, quien desde su antimaterialismo dijo que «la belleza propiamente dicha no es propia de la carne, que no es sino fealdad».

[5] Es muy interesante esta idea, pues da validez a la fealdad dentro de la creación, con pleno sentido en el todo artístico. ¿Qué dirían los románticos del XIX que se pensaban originales al introducir elementos feístas?

[4] A lo que añade que «no hay nada ordenado que no sea bello».

[5] Se incluye aquí como curiosidad la cita de Dante Alighieri: «Si consideramos rectamente la poesía, no es otra cosa que ficción retórica compuesta en música».

[6] Habría muchísimo que comentar aquí. Es el problema que demasiadas personas no comprenden: el arte es tomar (no copiar) y, pasándolo por el filtro de nuestro interior, revertir hacia el mundo de nuevo.

[7] ¿Cuántas veces habremos hallado un juicio crítico sobre una obra artística basado en consideraciones morales acerca de la vida del autor? Hemos olvidado casi por completo esta enseñanza de santo Tomás, hasta el punto de que se crean líneas de opinión en función del bando político que ocupó tal o cual artista. Es, a mi parecer, la proliferación de la crítica proselitista.


29.11.06

Breve historia y antología de la estética

La Antigüedad: los grandes fundadores.

Afirma José Mª Valverde que «desde el pitagorismo cabe pensar que en todo lo que nos encanta y atrae por su forma pueda (¿quizá deba siempre?) haber alguna formalidad universal, objetiva e incluso mensurable en términos numéricos: es decir, que la belleza acaso implique algún modo de estructura armónica». Al hallar esta armonía ante nosotros, se da un descubrimiento que «tendría un carácter de revelación religiosa: el placer del alma resulta ser el reconocimiento intuitivo e inconsciente de haberse conectado con la ley divina que organiza el universo[1]». Así, los hechos estéticos tienen un valor moral, «no por manifestar un estado de ánimo individual y momentáneo, sino porque serían el ámbito de encuentro e identificación con el mismísimo Dios ordenador del mundo». Dios siempre matematiza, se dijo, ya que se percataron de que en todo fenómeno estético hay una proporcionalidad numérica, por lo que los Números serían la ley divina del cosmos, entendiendo cosmos en su significado griego de «orden» y «belleza». La pregunta final de J. M. Valverde es pertinente: la ordenación formal de la materia, «¿hasta qué punto está ahí, medible y objetivamente, o la ponemos nosotros, conforme a nuestra cultura, regularizando significativamente lo que acaso era en sí mismo algo a medias informe[2]?».

Al hablar de Platón, recordamos que, según su teoría de las ideas, el arte es representación del mundo, el cual, a su vez, es representación de la Verdad divina. Por tanto, el arte es copia de una copia, degradada en cada trasvase. De sus diálogos, en el Ion se presenta la clásica idea (aceptada hasta P. B. Shelley en su Defensa de la poesía) de que el poeta (ποιητής: creador) es un medium de la divinidad, mera presa de una inspiración divina o fluido celestial[3]. En el Hipias mayor aparece su proverbio de que «lo bello es difícil», entendido como que todo lo bueno es arduo de conseguir. Por último, en la República se aconseja desterrar a los poetas, pues las bellezas particulares de sus obras «no son un primer grado hacia la Belleza suprema, sino vanos sueños: sombras de la realidad que se toman por la realidad misma[4]». Dos máximas de Platón (p. 35): lo artístico se culmina en el amor a la belleza, y la innovación en el arte es corruptiva: «La introducción de nuevos modelos en la música es algo de que hay que guardarse como peligro para todo el tejido de la sociedad».

De Aristóteles es destacable su visión hilemórfica (aplicación de forma [ΰλη] y materia, μορφή), y su concepto de hábito: «A fuerza de tanteo, repetición y costumbre es cómo el artesano y el artista llegan a serlo, y también es cómo el hombre bueno llega a tener virtud, y cómo el hombre inteligente y sabio adquiere tales cualidades». Así, mediante probaturas y ensayos repetidos se abre paso hacia la finalidad y la plenitud (entelequia). De lo bello dice Aristóteles que es aquello que junta lo disperso hacia la unidad, dando placer por medio de la vista y el oído. Añade que «el arte surge cuando de muchas nociones obtenidas por la experiencia se produce un solo juicio universal sobre las cosas semejantes[5]». Las tres condiciones formales de la belleza son: táxis, arreglo espacial de las partes; symmetría, tamaño proporcional de las partes; y to horisménon, la limitación del conjunto en su tamaño. Las tres se engloban en la unidad en la variedad. En su Poética dice Aristóteles que la poesía es más profunda y filosófica que la historia, pues participa más de lo universal que de lo particular. Los poetas no están poseídos por un fuego divino (como en la inspiración platónica[6]), sino dotados de una predisposición natural, de unos hábitos técnicos y de un toque de genio.

También en su Poética se mencionan tres clásicos planos estéticos: «1º, las condiciones materiales y sensibles (ritmo, musicalidad y extensión); 2º, el aspecto representativo y expresivo (la “imitación”, mímesis, no sólo de acciones, sino aun de afectos y caracteres[7]); y 3º, la trascendencia moral (cuestión de la “purificación” o “purga” de las pasiones, kátharsis)». Se comenta que la poesía surge del placer natural en el ritmo y la musicalidad, y del placer del reconocimiento en la “imitación”. De la magnitud se afirma que el valor de la obra depende también de su tamaño[8], es decir, que lo cuantitativo se hace cualitativo. Y, por último, del placer del reconocimiento, del parecido, se pregunta Aristóteles: ¿es indispensable?: responde que no.



[1] Es interesante destacar que nos encontramos desde el principio con un concepto puramente formal y emocional, pues se menciona la atracción y el placer que sentimos ante la manifestación estética.

[2] Es interesante plantearse si las proporciones “bellas” lo son en sí mismas o, en cambio, somos nosotros los que las “hacemos bellas”.

[3] Es muy interesante la reflexión platónica sobre el ritmo (p. 38): «Y el ritmo, a su vez, se nos dio, del mismo origen y con el mismo propósito, para ayudarnos a tratar con lo que hay de desmesurado y caótico en las mentes de la mayor parte de nosotros». Es el ritmo, pues, un elemento ordenador divino con carácter moral: nos es entregado con el objetivo de ayudarnos.

[4] En efecto, el poeta debe desdeñar lo que Platón llama “imitación” de las realidades, plasmaciones del plano de las ideas. Lo que el filósofo griego parece no contemplar es que el poeta auténtico (como lo entendemos hoy día) no “imita”, sino que crea realidades nuevas en sí mismas. Ésa debe ser la aspiración de los creadores.

[5] ¿Aboga aquí Aristóteles por una crítica artística universal y nada relativista? ¿Se podría, pues, hablar de una predisposición a un canon universal?

[6] Dice Aristóteles (p. 42): «Un poeta debe ser hombre de sensibilidad o de inspiración. El primero tiene una comprensión dispuesta, el segundo está poseído». ¿Qué preferimos ser como artistas? ¿O acaso no tenemos elección y estamos abocados a uno de los dos modelos? Indudablemente, me inclino por la sensibilidad antes que por la inspiración: no creo en la religiosidad.

[7] Afirma Aristóteles (p. 42) que «el poeta debe decir el mínimo de sí mismo, pues no es imitador según eso». Así, el yo poético se separa del yo biológico. Es interesante reflexionar sobre esta cuestión tan pertinente en la lírica.

[8] Se cita aquí a E. M. Forster, quien decía equivocadamente que una novela era un relato de más de cincuenta mil palabras.