En el siglo III se encuentra Plotino, quien en sus Eneadas reinterpreta y modifica algunas ideas de Platón: la belleza no es sólo ver y oír, sino también saber y actuar virtuosamente. Se exalta la unidad en la belleza, por lo que se rechaza el pitagorismo, que supone pluralidad de partes que, individualmente, podrían ser feas. La belleza está, además, por encima de lo bueno, y el arte, contrariamente a Platón, es superior a la naturaleza[1].
El Cristianismo primitivo heredó muchas ideas platónicas. Afirma Valverde que el hecho de que «Dios se encarnara en un hombre determinado significaba una redención de todo lo visible, lo concreto y lo individual», por lo que adquiere hegemonía un espiritualismo que desvaloriza lo sensible y palpable[4]. Más tarde, san Agustín (ss. IV-V) introduce el concepto de la temporalidad en lo estético, afirmando que el tiempo no es lo físico, sino aquello que vivo y recuerdo: «Yo soy quien recuerda». Para san Agustín la fealdad es metáfora del mal, necesario para que resalte más el bien[3]. De aquí su cita: «La belleza del mundo está compuesta de la oposición de los contrarios[4]».
En la Edad Media[5] se pasó del predominio del platonismo al de Aristóteles. Destaca santo Tomás, quien retocó la idea de mímesis, ya no vista como mera imitación artística, copia de objetos (según Platón), sino «como imitación del proceso mismo de la creación natural. El arte imita a la Naturaleza no copiando sus cosas, sino siguiendo su ejemplo[6]». Hoy día entendemos que «la creación artística siempre tiene algo de ruptura y novedad radical», conteniéndose en el concepto de ars tanto una escultura como un simple cuchillo. Para santo Tomás, los tres requisitos de la belleza son: integridad o perfección, la proporción debida o consonancia, y
[1] Es interesante incluir aquí un fragmente íntegro de sus textos (p. 58): «Imaginemos dos bloques de piedra, uno en bruto y sin desbastar, el otro trabajado ya por el arte, y convertido en estatua [...]. La piedra trabajada por el arte parecerá hermosa, pero no por ser piedra, porque entonces cualquier otro pedazo de mármol tendría igual virtud. Esa forma hermosa no la tenía la piedra, sino que estaba en el artífice antes de pasar al mármol. Y no pasa entera, sino que continúa en la mente del artífice, y en el mármol no resulta pura, ni tal como la imaginaba el artífice, sino en cuanto la materia ha obedecido al arte».
[3] El arte sería, pues, una suerte de narcótico, un enajenador, lo que estaría muy lejos del arte como compromiso.
[3] ¿Puede el arte ser creíble? O, lo que es más interesante, ¿debe serlo?
[4] Se cita aquí (p. 50) a san Justino, quien desde su antimaterialismo dijo que «la belleza propiamente dicha no es propia de la carne, que no es sino fealdad».
[5] Es muy interesante esta idea, pues da validez a la fealdad dentro de la creación, con pleno sentido en el todo artístico. ¿Qué dirían los románticos del XIX que se pensaban originales al introducir elementos feístas?
[4] A lo que añade que «no hay nada ordenado que no sea bello».
[5] Se incluye aquí como curiosidad la cita de Dante Alighieri: «Si consideramos rectamente la poesía, no es otra cosa que ficción retórica compuesta en música».
[6] Habría muchísimo que comentar aquí. Es el problema que demasiadas personas no comprenden: el arte es tomar (no copiar) y, pasándolo por el filtro de nuestro interior, revertir hacia el mundo de nuevo.
[7] ¿Cuántas veces habremos hallado un juicio crítico sobre una obra artística basado en consideraciones morales acerca de la vida del autor? Hemos olvidado casi por completo esta enseñanza de santo Tomás, hasta el punto de que se crean líneas de opinión en función del bando político que ocupó tal o cual artista. Es, a mi parecer, la proliferación de la crítica proselitista.