29.11.06

Breve historia y antología de la estética

La Antigüedad: los grandes fundadores.

Afirma José Mª Valverde que «desde el pitagorismo cabe pensar que en todo lo que nos encanta y atrae por su forma pueda (¿quizá deba siempre?) haber alguna formalidad universal, objetiva e incluso mensurable en términos numéricos: es decir, que la belleza acaso implique algún modo de estructura armónica». Al hallar esta armonía ante nosotros, se da un descubrimiento que «tendría un carácter de revelación religiosa: el placer del alma resulta ser el reconocimiento intuitivo e inconsciente de haberse conectado con la ley divina que organiza el universo[1]». Así, los hechos estéticos tienen un valor moral, «no por manifestar un estado de ánimo individual y momentáneo, sino porque serían el ámbito de encuentro e identificación con el mismísimo Dios ordenador del mundo». Dios siempre matematiza, se dijo, ya que se percataron de que en todo fenómeno estético hay una proporcionalidad numérica, por lo que los Números serían la ley divina del cosmos, entendiendo cosmos en su significado griego de «orden» y «belleza». La pregunta final de J. M. Valverde es pertinente: la ordenación formal de la materia, «¿hasta qué punto está ahí, medible y objetivamente, o la ponemos nosotros, conforme a nuestra cultura, regularizando significativamente lo que acaso era en sí mismo algo a medias informe[2]?».

Al hablar de Platón, recordamos que, según su teoría de las ideas, el arte es representación del mundo, el cual, a su vez, es representación de la Verdad divina. Por tanto, el arte es copia de una copia, degradada en cada trasvase. De sus diálogos, en el Ion se presenta la clásica idea (aceptada hasta P. B. Shelley en su Defensa de la poesía) de que el poeta (ποιητής: creador) es un medium de la divinidad, mera presa de una inspiración divina o fluido celestial[3]. En el Hipias mayor aparece su proverbio de que «lo bello es difícil», entendido como que todo lo bueno es arduo de conseguir. Por último, en la República se aconseja desterrar a los poetas, pues las bellezas particulares de sus obras «no son un primer grado hacia la Belleza suprema, sino vanos sueños: sombras de la realidad que se toman por la realidad misma[4]». Dos máximas de Platón (p. 35): lo artístico se culmina en el amor a la belleza, y la innovación en el arte es corruptiva: «La introducción de nuevos modelos en la música es algo de que hay que guardarse como peligro para todo el tejido de la sociedad».

De Aristóteles es destacable su visión hilemórfica (aplicación de forma [ΰλη] y materia, μορφή), y su concepto de hábito: «A fuerza de tanteo, repetición y costumbre es cómo el artesano y el artista llegan a serlo, y también es cómo el hombre bueno llega a tener virtud, y cómo el hombre inteligente y sabio adquiere tales cualidades». Así, mediante probaturas y ensayos repetidos se abre paso hacia la finalidad y la plenitud (entelequia). De lo bello dice Aristóteles que es aquello que junta lo disperso hacia la unidad, dando placer por medio de la vista y el oído. Añade que «el arte surge cuando de muchas nociones obtenidas por la experiencia se produce un solo juicio universal sobre las cosas semejantes[5]». Las tres condiciones formales de la belleza son: táxis, arreglo espacial de las partes; symmetría, tamaño proporcional de las partes; y to horisménon, la limitación del conjunto en su tamaño. Las tres se engloban en la unidad en la variedad. En su Poética dice Aristóteles que la poesía es más profunda y filosófica que la historia, pues participa más de lo universal que de lo particular. Los poetas no están poseídos por un fuego divino (como en la inspiración platónica[6]), sino dotados de una predisposición natural, de unos hábitos técnicos y de un toque de genio.

También en su Poética se mencionan tres clásicos planos estéticos: «1º, las condiciones materiales y sensibles (ritmo, musicalidad y extensión); 2º, el aspecto representativo y expresivo (la “imitación”, mímesis, no sólo de acciones, sino aun de afectos y caracteres[7]); y 3º, la trascendencia moral (cuestión de la “purificación” o “purga” de las pasiones, kátharsis)». Se comenta que la poesía surge del placer natural en el ritmo y la musicalidad, y del placer del reconocimiento en la “imitación”. De la magnitud se afirma que el valor de la obra depende también de su tamaño[8], es decir, que lo cuantitativo se hace cualitativo. Y, por último, del placer del reconocimiento, del parecido, se pregunta Aristóteles: ¿es indispensable?: responde que no.



[1] Es interesante destacar que nos encontramos desde el principio con un concepto puramente formal y emocional, pues se menciona la atracción y el placer que sentimos ante la manifestación estética.

[2] Es interesante plantearse si las proporciones “bellas” lo son en sí mismas o, en cambio, somos nosotros los que las “hacemos bellas”.

[3] Es muy interesante la reflexión platónica sobre el ritmo (p. 38): «Y el ritmo, a su vez, se nos dio, del mismo origen y con el mismo propósito, para ayudarnos a tratar con lo que hay de desmesurado y caótico en las mentes de la mayor parte de nosotros». Es el ritmo, pues, un elemento ordenador divino con carácter moral: nos es entregado con el objetivo de ayudarnos.

[4] En efecto, el poeta debe desdeñar lo que Platón llama “imitación” de las realidades, plasmaciones del plano de las ideas. Lo que el filósofo griego parece no contemplar es que el poeta auténtico (como lo entendemos hoy día) no “imita”, sino que crea realidades nuevas en sí mismas. Ésa debe ser la aspiración de los creadores.

[5] ¿Aboga aquí Aristóteles por una crítica artística universal y nada relativista? ¿Se podría, pues, hablar de una predisposición a un canon universal?

[6] Dice Aristóteles (p. 42): «Un poeta debe ser hombre de sensibilidad o de inspiración. El primero tiene una comprensión dispuesta, el segundo está poseído». ¿Qué preferimos ser como artistas? ¿O acaso no tenemos elección y estamos abocados a uno de los dos modelos? Indudablemente, me inclino por la sensibilidad antes que por la inspiración: no creo en la religiosidad.

[7] Afirma Aristóteles (p. 42) que «el poeta debe decir el mínimo de sí mismo, pues no es imitador según eso». Así, el yo poético se separa del yo biológico. Es interesante reflexionar sobre esta cuestión tan pertinente en la lírica.

[8] Se cita aquí a E. M. Forster, quien decía equivocadamente que una novela era un relato de más de cincuenta mil palabras.